Empecé
a escalar aquel árbol. Era cavernoso, lleno de innumerables oquedades.
La corteza parecía la superficie de los mallos de Riglos. Mi experiencia
en escalada libre me ayudaba considerablemente. No me resultaba difícil
ascender aunque la pared era vertical. De pronto de uno de los
agujeros, por encima de mi, apareció una cabeza de un animal que nunca
había visto. Se volvió a ocultar. Oi la voz
de Eufemia diciendo "El heliotropo! Cuidado con el heliotropo!". Decidí
que tenía que evitar esa zona y continué el ascenso cambiando la
dirección. Al poco, el extraño animal volvió a asomar la cabeza. Me
inspeccionó y salió de su escondite. Se lanzó corriendo a una velocidad
pasmosa, tronco abajo, en la dirección en la que me encontraba,
abriendo desmesuradamente las fauces, que enseñaban hileras de agudos
dientes en forma de cuchillas y supe que era mi fin. Desperté gritando,
empapada en sudor.
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