La
Guardia Civil cercó la zona e interrogó durante varios días más a todo
el pueblo sin encontrar ninguna prueba evidente de lo sucedido.
Yo
sentía mucha curiosidad. La casa de Leocadia estaba a diez minutos
caminando. Salté sobre la cinta de prohibido el paso y empujé la puerta.
El pasillo estaba lleno de una maraña de raíces que atravesaban el
techo y que habían arrancado el suelo. Las baldosas
de gres color crema estaban levantadas. La cama estaba deshecha y
parecía que la última noche había dormido en ella. Observé que las
raices se espesaban en ciertos lugares, ocultando totalmente un mueble
aparador de la salita, una pequeña mesa situada en el rincón de la
cocina...y sin aparente motivo dos de los rincones del dormitorio. En
uno sabía que Leocadia tenía un pequeño baúl con ropa, pero en el otro
nunca había visto nada, a no ser que en los últimos días hubiera
colocado una silla. Pero me llamó la atención algo entre el espeso
entramado de las raices. Algo brillante, metálico, precisamente allí.
Comencé a arrancar raices. comó explicó Quintín, estaban frescas,
exudaban savia. Primero vi el anillo y después el dedo. Asustada, salí
apresuradamente, para avisar a la Guardia Civil.
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